jueves, 9 de abril de 2015

La ley mordaza como síntoma

“Es alucinante la cantidad de despilfarro y prebendas que aceptamos bajo la excusa de "sanidad" y "educación". La frase es de Daniel Lacalle, economista liberal o más bien ultra del liberalismo y reciente fichaje (¿o no?) de Esperanza Aguirre en su campaña al ayuntamiento de Madrid. Y es de agradecer la claridad con la que resume el mensaje clásico del neoliberalismo, como corresponde a esa línea que encarna Aguirre en el estado español, la de un capitalismo popular que podría dar lecciones de populismo a Hugo Chavez si no le hubiera matado la misma enfermedad a la que nuestra cuasi-inmortal candidata sobrevivió sin apenas inmutarse. Ironías del destino.

Lo que ya es más criticable es que nos oculte, entre otras cosas, cuál es la verdad completa de las pretensiones desreguladoras del proyecto neoliberal, que abundan en la necesidad de privatizar todo pero mantienen fuera de ese criterio las herramientas del control del estado, judicatura, recaudación y fuerzas armadas. Así, en los últimos años, los únicos cuerpos de funcionarios que se han librado de la congelación han sido precisamente los que ocupan esas funciones, de tal modo que, mientras las ratios de profesores o médicos por habitante descendía, cuerpos represivos como el de policía seguían creciendo. Se ha hablado mucho de esta cuestión, que formulaba Bourdieu en sus teorización de la “mano derecha” y la “mano izquierda” del estado, pero la formulación más concreta que conocemos por aquí nos la da uno de sus discípulos, Loïc Wacquant: El neoliberalismo supone menos Estado social, pero más Estado penal.

Y de telón de fondo, la crisis, que en estos años ha ido mutando desde su configuración inicial como momento de desajuste económico hasta una realidad estable de la que no parece que vayamos a salir. La crisis ha puesto en liza todas la tendencias competitivas que el sistema neoliberal venía azuzando desde hace décadas y ha eliminado las redes de aquello que en los noventa se llamó estado social; al hacer esto ha desatado una tensión de consecuencias trágicas, hasta el punto de poner en riesgo las condiciones de existencia de sectores masivos de la población. Buena parte de los fenómenos que están sucediendo en estos años se puede interpretar a la luz de esta situación: el crecimiento de la desigualdad, la ejecución de desahucios que cada mes echan a miles de personas a la calle, la marginalización, solo pueden llevar a la protesta, la movilización y, en último término, a la deslegitimación del estado. Los grupos dominantes, por supuesto, disponen de muchos instrumentos para contrarrestar esta situación: la propaganda masiva, el maquillaje de las políticas más agresivas a través de concesiones menores, etc. Pero hasta los más bienpensantes tendrán que reconocer que la más clásica de todas ellas es el control de la ciudadanía por vía policial y judicial. Todo lo cual viene a dar un ejemplo evidente de lo que la cita de Wacquant resume con tanta claridad: que lo que el neoliberalismo exige es menos estado social y más estado penal. Cosa que, además, ni siquiera es una posición política, sino más bien un exigencia; ya que si el estado no asume la protección de las necesidades mínimas de la población, puede esperarse una reacción poco amistosa de la población. Y como ejemplo, la PAH, que viene a demostrar que si quieren echar a una persona de su casa acabarán encontrándose con gente organizada para, simple y llanamente, bloquear el acceso. Y entonces sólo se podrá ejecutar el desahucio con la participación de la policía y los juzgados.

A medio plazo, la crisis no va a pasar, porque como se viene diciendo desde hace tiempo, no es una crisis de sistema financiero, ni hipotecaria, ni de crédito; es una crisis de civilización. O, para decirlo de forma menos grandilocuente: lo que está en crisis es nuestra forma cotidiana de vivir, la forma en la que nuestra sociedad genera valor, socializa, consume, se reproduce. Y porque además, o mejor dicho, como consecuencia de esa forma de desarrollo, tenemos encima – literalmente encima – una degradación ecológica brutal, en términos que nuestra sociedad, y mucho menos las clases dominantes, no alcanza a concebir, y ante la cual sólo plantea una huida hacia delante, caiga quien caiga. En esta huida, la regresión social "y el «puño de hierro» de un aparato penal intrusivo e hiperactivo" serán parte de la reacción normal del estado. Así que lo que nos espera es una crisis continuada con saltos, con agitación y con pequeñas o grandes victorias como la de Grecia, con decepciones y mucho sufrimiento. Si esta lectura es cierta – ojalá no lo sea – la ley mordaza no es un gran hito en sí misma. Más bien es un síntoma de lo que está por venir. La revolución, claro está, es cada día más imprescindible.

No hay comentarios:

Publicar un comentario