Mostrando entradas con la etiqueta Anecdotario sociológico de andar por casa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anecdotario sociológico de andar por casa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Temibles bicicletas


En una acera madrileña se detiene un ciclista que llega a su centro de trabajo; en la acera, fumando un cigarrillo antes de entrar, otra trabajadora le saluda. Ambos comentan el agresivo tráfico de la ciudad, y, finalmente, la segunda le dice al primero: "A mí los que me dan miedo son los de las bicis"

Terribles bicis camufladas entre inofensivos camiones y pacíficos automóviles. 

lunes, 19 de mayo de 2014

Anecdotario sociológico de andar por casa: Publicidad callejera

En una jornada de campaña electoral con una situación política convulsa, a la entrada del metro, coinciden dos personas repartiendo folletos: una mujer reparte periódicos de una organización política, un hombre distribuye folletos de una inmobiliaria. Y más de un viandante evita a la primera para posteriormente recoger la publicidad del segundo.
Es cierto que todo el sistema nos encamina a esto, a ser consumidores sumisos ávidos de ofertas comerciales, pero también habrá que ir reconociendo que nos hemos tirado de cabeza y sin pensar, que algo estamos haciendo mal si preferimos publicidad del sector más crítico de la crisis antes que echarle un ojo a la información electoral de una opción política.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Anecdotario sociológico de andar por casa: Competitividad

Una mañana de invierno alguien se dirige al trabajo; ha salido del metro y camina a paso ligero atravesando un pequeño descampado; al otro lado del descampado hay una acera y ante ella se alinean varias decenas de coches. 

Desde otro extremo del descampado camina un segundo hombre, de edad algo avanzada. Hace frío y parece avanzar con dificultad, pero un observador atento puede darse cuenta de está acelerando levemente el paso. 

El primer hombre modifica ligeramente su trayectoria para llegar a un espacio estrecho que parece ser el único acceso libre que dejan los coches; el segundo hombre, algo rezagado, se acerca al mismo espacio, acelerando cada vez más; unos segundos después parece que está a punto de echar a correr. El primer personaje se pregunta porqué correrá aquel hombre que parece tener tanta dificultad en su empeño de ir cada vez más rápido, y se aparta un poco. Por fin, el hombre mayor llega el primero al estrecho paso y accede a la acera en primer lugar. 

Para sorpresa del segundo caminante, el anciano mira hacia atrás, como si comprobara su triunfo, relaja súbitamente el ritmo y enciende un cigarro. Su prisa ha desaparecido por completo.